–Esperemos no tan desagradable. Sentirás un pequeñopinchazo, así que tienes que ser valiente y no llores, porque los Cazado-res de Sombras no lloran de dolor. Entonces, el pinchazo se habrá ido, ytú te sentirás mucho más fuerte y mejor. Y será el final de la ceremonia,vamos a ir abajo y habrá pasteles helados para celebrar.Adele se paró en sus talones.–¡Y una fiesta!–Sí, una fiesta. Y regalos. –Golpeó su bolsillo, donde estabaescondida una pequeña caja, una pequeña caja envuelta en un fino papelazul, que contenía un anillo de la familia aún más pequeño. –Tengo uno para ti aquí. Lo tendrás cuando la ceremonia haya terminado.–Nunca he tenido una fiesta para mí antes. –Es porque te convertirás en una Cazadora de Sombras –, dijo Aloysius. –Sabes por qué eso es importante, ¿no? Tu primera marca significa que eres una Nefilim, como yo, como tu madre y padre. Quie-ren decir que eres parte de la Clave. Parte de nuestra familia de guerre-ros. Algo diferente y mejor que todos los demás. –Mejor que todos los demás –, repitió ella lentamente mientrasla puerta del dormitorio se abría y dos Hermanos Silenciosos entraron.Aloysius vio un parpadeo de miedo en los ojos de Adele. Ella saco su mano asustada. Frunció el ceño, a él no le gustaba ver el miedo en sus descendientes, aunque no podía negar que los Hermanos eranespeluznantes en su silencio y sus peculiares movimientos. Se trasla-daron hacia un lado de la cama de Adele, la puerta se abrió de nuevo y la madre y el padre de Adele entraron: su padre, el hijo de Aloysius, entraje escarlata, y su mujer en un vestido rojo que se ceñía a la cintura, y un collar de oro del que colgaba una runa. Sonrieron a su hija, quien les dio una sonrisa temblorosa en respuesta, mientras los Hermanos silenciosos la rodeaban.
Adele Lucinda Starkweather. –Era la voz
del primer Hermano Si-lencioso Cimon. –Ya tienes edad. Es hora de que la
primera marca del ángel sea
otorgado a ti. ¿Eres consciente del honor que se te da, y harás todo lo que
esté en tu poder para ser digna de
ella? Adele asintió obedientemente.
–sí.
Y aceptas estas marcas del Ángel, que estarán en tu cuerpo para siem-pre,
un recordatorio de todo lo que le debes al ángel, y tu deber sagrado para el mundo?
Ella volvió a asentir obedientemente.
El corazón de la Aloysius se hinchó
de orgullo.
–Las acepto también –, dijo.
Entonces empezamos. La
estela brillo, en la mano larga y blanca del Hermano Silencio-
so, Él tomó el brazo tembloroso de
Adele y fijo la punta de la estela de su
piel, y comenzó a dibujar. Las líneas negras se arremolinaban fuera de la punta de la estela, y Adele
miró con asombro como el símbolo de
fuerza tomaba forma en el interior,
un delicado diseño de líneas que se cruzan entre sí, atravesando sus venas,
envolviendo su brazo. Su cuer-po se tensó, sus pequeños dientes se hundieron en
el labio inferior. Sus
ojos brillaban mirando a Aloysius, y empezó por lo que vio en ellos. Dolor. Era
normal sentir algo de dolor en el otorgamiento de una marca, pero lo que vio en
los ojos de Adele era agonía.
Aloysius se enderezó, tirando la
silla en la que había estado sen-tado.
–¡Alto! –gritó, pero ya era demasiado
tarde. La runa estaba com-pleta. El Hermano Silencioso apartó la mirada. Había
sangre en la estela Adele gemia. Ella gemia consciente de la advertencia de su
abuela. De
que no llorara pero luego la piel lacerada y sangrienta comenzó
a
quemar ennegreciendo y ardiendo bajo
la runa como si fuera fuego. Y
ella no pudo evitar lanzar la cabeza
hacia atrás y comenzó a gritar y
gritar.
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